Y me vino a la cabeza
Y me vino a la cabeza, por Luca Giosa
La música es para la historia como un tumor que supura memorias. Siempre que algún desquiciado trata de ganar el poder, el terreno y la gente, suprime el arte y censura toda obra. O, por lo contrario, los contratan para hacer pancartas, componer himnos y realizar actos para volver bella la mercadotecnia.
Pensando en esto, me vino a la cabeza “Las increíbles aventuras del señor tijeras”, y como el arte perdió color, significado y fama gracias a la censura de Miguel Paulino Tato. Toda obra pasó por las tijeras de este afamado señor y sus tijeras y por otros costureros de esta índole.
Somos análogos por naturaleza. La asociación es nuestra supervivencia y la comprensión es nuestro mayor deseo. Esto choca con los conceptos inexplicables, la maldad del ser humano que viene desde milenios atrás. Y decidimos apropiarnos de aquella ficción superada por la realidad. Si no podemos entender, si no podemos hablar, hablaremos con historietas y títeres para poder sobrevivir.
Y me vino a la cabeza “Alicia en el país”. Una historia lúgubre tintada de tonos infantiles, cantada como un himno con percusión y una nota constante de fondo. Cuenta los sentimientos de la dictadura como persona que se encuentra dentro de ella, utilizando alegorías del universo de Alicia en el país de las Maravillas. Menciona al rey de espadas, en vez de la reina de corazones. Mejor asociada a la baraja española y juegos más conocidos en estos países, como el Truco (Donde el rey de espadas no tiene un valor demasiado alto) o el Chinchón (donde el rey de espadas es una carta arriesgada de tener, dado que tiene el valor máximo y puede costarte la partida)
Jugando al Truco con mi padre, después de un retruco cantado al ver una parda, me comentó que esa situación le recordaba a cuando jugaba con su tío Coco. “¡En aquella época podíamos apostar lanchas!”. Y hablando de primos y de tíos me mencionó a una tía que un día desapareció. “Le estaba guardando unos panfletos a un amigo. Justo le cayó una revisión y se la llevaron”. A esa declaración tan intensa le siguió un sorbo de mate y una oferta de un alfajor con dulce de leche.
Y me vino a la cabeza “Los dinosaurios” y “Cementerio Club”. Cuántos primos habremos perdido por la gracia y opinión de algunos que vieron sus ideales como un modelo a seguir y una ley que acatar. Podrán haber desaparecido amigos, podré haber perdido personas que llevaban mi sangre, pero aquellos dinosaurios también desaparecerán.
Mi tío abuelo, el gran Coco, era subalcaide de la cárcel más grande de Argentina en aquellos momentos. Nunca pude hablar con él personalmente, pero a mi padre lo quería mucho. Siempre era risas, grandes comentarios y el alma de la fiesta. Pero en algunos asuntos contemporáneos desaparecía su sonrisa, su bigote se volvía recio y “de algunas cosas no se hablaba”. Mi padre decidía no preguntar. Conocía las guerras donde había participado y los encuentros fortuitos. Se perdieron con él las cosas que tuvo que vivir, hacer u obligarse a olvidar.
Y me venía a la cabeza “Nos siguen pegando abajo” e “Instituciones”. Los problemas a los accede una persona cuando entra a las listas negras, las Instituciones que a veces se han de seguir y las llaves que agitan delante de nosotros para que nos distraigamos de los ataques y de las injusticias.
Hablando con mi madre, en lo que se tomaba un mate cocido mientras esperaba a que sonara una alarma de cocina, se me ocurrió preguntarle por qué había cambiado de carrera. Me comentó que ella estudiaba Historia justo cuando la dictadura estaba a punto de finalizar. Se situaba a sí misma en el ’82 o en el ’83. Con todos los movimientos sociales, con toda la ebullición de aquellos problemas e ideales reprimidos y con todo el deseo de una justicia, la primera que apareciera. Un día, yendo a los baños, se encontró a una compañera colgada dentro de uno de los cubículos. No quiso saber cómo había pasado y la afiliación a la que estuviera suscrito. Decidió dejar la carrera y todos los golpes de una post dictadura.
Y me vino a la cabeza “Demoliendo Hoteles”, “Tuve tu amor” y “Viernes 3AM”. Como las relaciones se rompieron por culpa del exilio, como los jóvenes y los mayores se sintieron perdidos ante el romper de una dictadura que no supieron por qué venía o por qué se iba. ¿Ahora qué iban a hacer? ¿En qué iban a crecer? A veces, uno no puede más, y decide esquivar su corazón y destrozar su cabeza.
Un día mi padre, mientras hacía pan naan con queso que aprendió a hacer en Turquía, me mencionó que siempre había sido una persona curiosa y algo parecido a “un hombre del Renacimiento”, me habló de aquella vez que, viviendo en Misiones, aprovechó la ventaja de vivir en la frontera con Paraguay y poder escuchar música “prohibida”. Me comentó, con la misma alegría y confidencia que pareció tener hace 45 años, como montó una antena a base de perchas y trozos de hierro para poder obtener señal de radio del país de al lado. Me comentó que así pudo ver el nacimiento de la radio FM, la famosa “Frecuencia Modulada”. Cuando le pregunté qué clase de música era la prohibida, me dijo “La que cantaban en inglés”
Y me vino a la cabeza “No bombardeen Buenos Aires” y “Frecuencia Modulada”. Como la guerra de Malvinas fue el último intento de grito triunfal patriótico y fue el gran torpedo al pensamiento dictatorial que continuó. Un intento de echar a aquellos ghurkas, de narrar a la gente escondiéndose para poder escuchar a Clash. Como el fracaso de tratar de evitar que La Pérfida Albión se inmiscuyera en los asuntos de la nación solamente provocó muertos jóvenes, dolores viejos y rabia renovada.
Un día, mi madre me contó de aquel político que vivía a unas cuadras de su casa. Aquel político luchaba para que volviera la democracia a su país. Era común notar los temblores en las ventanas de su casa, resultante de las bombas que ponían en su casa para tratar de silenciarlo a él y a sus ladrillos.
Y me vino a la cabeza “El tuerto y los ciegos” y aquella Casandra que trataban de silenciar, que veía el futuro y sabía las verdades, pero jamás creyeron y jamás tomaron en serio. La política como un juego de niños, en el que participan adultos con mentalidad de adolescentes.
Otro día, me comentó acerca de cómo los militares se paseaban por las calles y tenían el control de todo. Los toques de queda eran la norma y muchas veces paraban a mi madre para pedirle la documentación. “No sé qué buscaban, Luquita, nosotros recién veníamos de la reunión de jóvenes e incluso a veces revisaban las biblias que llevábamos”
Y me vino a la cabeza “Superhéroes”, aquella marcha militar, aquel horrible monstruo con peluca, dueño de la ciudad de locos, que abogaba por el bienestar y proclamaba la gran mentira de ser uno de ellos.
Cuantas canciones me vienen a la cabeza y como entiendo la censura de estas. La música es un tumor que segrega memorias. Las analogías con cordones que transfieren vida a dos conceptos. Es imposible que yo olvide algo que jamás he vivido gracias a estas canciones. Es imposible que los dinosaurios no estén atados a sus actos, traducidos a notas. Es imposible que muera algo que no ha vivido jamás y que solo subsiste por la creatividad de muchos. Qué peligrosa es esta arma de las siete. Como ahora todas forman parte de nuestro Inconsciente Colectivo.
Me puedo corromper, me puedo olvidar, pero ella siempre está.